Elecciones en Honduras: ¿Mejorará la situación con un nuevo presidente?

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Los hondureños esperan que un nuevo líder mejore su vida. Las dificultades han obligado a miles a migrar a EE. UU., que observa los resultados con atención.

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Tegucigalpa, HONDURAS — Hoy los hondureños están votando en unas elecciones generales tensas, cuyas repercusiones podrían ir mucho más allá del país centroamericano.

Para la oposición, las elecciones representan una oportunidad de restablecer el Estado de derecho tras ocho años de desmantelamiento sistemático de las instituciones democráticas por parte del presidente saliente, Juan Orlando Hernández.

Pero lo que está en juego es aún más importante para los dirigentes del partido en el poder. Si pierden las protecciones que les da estar en el cargo, podrían enfrentar cargos de corrupción y tráfico de drogas en investigaciones realizadas por fiscales de Estados Unidos y Honduras.

Washington también está muy atento a las elecciones.

Después de haber convertido a Centroamérica en una prioridad de la política exterior, el gobierno de Joe Biden no ha podido frenar la ola de autoritarismo y corrupción en la región. El malestar económico y político del país, así como la violencia crónica, están haciendo que los hondureños se unan a las decenas de miles de centroamericanos que llegan cada mes a la frontera sur de Estados Unidos, lo que provoca ataques de los republicanos y puede perjudicar las posibilidades de los demócratas en las próximas elecciones intermedias.

Las encuestas muestran una reñida contienda entre el candidato del gobernante Partido Nacional, Nasry Asfura, el carismático alcalde de la capital, Tegucigalpa; y Xiomara Castro, la esposa de Manuel Zelaya, un expresidente de izquierda que fue depuesto en un golpe de Estado en 2009. Ambos candidatos prometen, de manera diferente, una ruptura con el gobierno tan impopular de Hernández.

Para ambas partes, las elecciones son una batalla decisiva por el destino del país. Pero las perspectivas de cambio radical son escasas: los principales partidos de Honduras han sido acusados de corrupción o de tener vínculos con la delincuencia organizada.

“En el mejor de los casos, se obtendrá un resultado que no será espectacular”, dijo Daniel Restrepo, miembro del Centro para el Progreso Estadounidense, un grupo de expertos de Washington D. C., quien fue asesor principal sobre Latinoamérica durante la presidencia de Barack Obama. “La esperanza es inyectarle más legitimidad al sistema”.

Un gobierno más receptivo con un fuerte mandato popular, agregó, también podría ayudar a frenar la migración.

“Si la gente cree que su voz no es escuchada, es más probable que se vaya”, dijo.

Un nuevo presidente elegido de manera legítima podría proporcionar al gobierno de Biden un socio muy necesario en una región cuyos líderes desafían cada vez más la influencia económica y política de Washington.same

Los gobiernos de las tres naciones vecinas de Honduras han desmantelado aún más los controles democráticos respaldados por Estados Unidos sobre su poder desde que el presidente Biden asumió el cargo, a pesar de la promesa de su gobierno de gastar 4000 millones de dólares para combatir la corrupción y la impunidad como dos de las causas fundamentales de la migración.

El presidente autoritario de Nicaragua, Daniel Ortega, encarceló a todos los candidatos creíbles de la oposición que podrían haberlo desafiado, lo que le permitió ganar un cuarto mandato consecutivo casi sin oposición en las elecciones de este mes.

En Guatemala, el gobierno disolvió un organismo de investigación anticorrupción y arrestó a algunos de sus fiscales después de que empezaran a investigar las acusaciones de soborno que implicaban al presidente Alejandro Giammattei.

Y el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, está silenciando las voces independientes y desafiando de manera abierta a Estados Unidos a medida que se hace de más poder, lo cual motivó al principal diplomático de Washington a abandonar el país este mes por falta de cooperación del gobierno salvadoreño.

En Honduras, los fiscales estadounidenses y hondureños acusan a Hernández de crear un sistema de corrupción generalizado que permite a las organizaciones dedicadas al tráfico de drogas penetrar en todos los niveles de su gobierno. Su hermano, Tony Hernández, cumple una cadena perpetua en Estados Unidos por ayudar a enviar toneladas de cocaína, en un caso en el que también se ha nombrado al presidente como cómplice.

El presidente Hernández negó todas las acusaciones en su contra y no ha sido acusado de cometer ningún delito.

“Hemos llegado al fondo y no sé qué tanto más abajo podemos ir”, dijo Porfirio Lobo, un expresidente hondureño del Partido Nacional, cuya esposa cumplió una pena de prisión por una condena de corrupción y cuyo hijo está encarcelado por tráfico de drogas. “Siempre había corrupción, pero nunca a los niveles que vemos ahora”.

La campaña presidencial se vio enturbiada por la violencia, la compra de votos y los temores generalizados de fraude y agitación social. Pero para muchos votantes de un lado a otro del espectro político, las elecciones son un motivo de esperanza en un país donde muchos jóvenes ven la emigración como única opción.

“Esta es la elección más importante en la historia de la nación”, dijo Roberto Lagos, un economista hondureño radicado en Estados Unidos. “Determinará el rumbo del país en las próximas décadas”.

SAN PEDRO SULA, Honduras — La elección presidencial se promociona como la última oportunidad de Honduras para no caer en el abismo. Cuál es el peligro depende de en qué lado estés.

La oposición de izquierda advierte a los votantes que el partido gobernante ha incrementado su control sobre las fuerzas de seguridad, los tribunales y el Congreso durante los 12 años que lleva en el poder, y que un periodo más de ese partido en el poder dejaría al país más hundido en el autoritarismo y en las garras del crimen organizado.

El bloque en el poder, el Partido Nacional, retrata a su principal rival como una comunista que convertiría a Honduras en aliada de Venezuela y legalizaría el aborto, lo que molestaría a una sociedad profundamente conservadora.

Las encuestas muestran una contienda cerrada entre el candidato del Partido Nacional, Nasry Asfura, el carismático alcalde de la capital, Tegucigalpa, y Xiomara Castro, la esposa de Manuel Zelaya, un expresidente de izquierda.

Lo mucho que está en juego y la expectativa de un resultado muy cerrado avivan temores de que haya fraude e inquietud entre los simpatizantes de ambos partidos.

En distintas maneras, ambos candidatos prometen romper con un presidente saliente tremendamente impopular, Juan Orlando Hernández, cuya gestión estuvo marcada por corrupción endémica, escaso crecimiento económico y acusaciones de narcotráfico.

El partido de Castro, quien busca convertirse en la primera presidenta de Honduras, intenta sacar provecho del deseo de cambio de los electores tras 12 años de gobierno del Partido Nacional.

“Nos ha unido una expresión: ‘¡Fuera JOH!’”, dijo Castro a una multitud de varios miles que coreaban en un mitin de campaña reciente en la ciudad de San Pedro Sula, en referencia al arraigado acrónimo del nombre de Hernández.

Asfura, un acaudalado exempresario de la construcción del partido gobernante, se hace llamar “Papi”. Ha adoptado el eslogan “Papi es diferente” para distanciarse del actual presidente. Nunca menciona en sus mítines a Hernández, cuyo índice de aprobación está cerca de llegar a un solo dígito, y el presidente en turno tampoco aparece en sus materiales de campaña.

En contraste con el distante Hernández, Asfura ha procurado crearse una imagen de hombre común capaz de lograr cosas, pues se presenta al electorado como “Papi a la orden” y se une a las multitudes que siguen su campaña con jeans deslavados y botas de construcción.

Sus propuestas se han limitado a prometer “trabajo, trabajo, trabajo”. El Partido Nacional ha dependido fuertemente de la entrega de apoyos antes de las elecciones, los cuales van desde transferencias de dinero hasta materiales de construcción. Sus propagandistas han advertido a los votantes que esta ayuda económica cesaría si pierden el poder.

El Partido Nacional también ha pintado a Castro como un izquierdista radical, lo que podría afectarle en un país conservador al que dio forma una alianza cercana con Estados Unidos durante la Guerra Fría.

Los temores de que se diera un giro brusco a la izquierda contribuyeron a derrocar al gobierno del esposo de Castro, Zelaya, quien fue electo presidente, pero fue expulsado del poder mediante un golpe de Estado militar en 2009 tras seguir las políticas de Hugo Chávez, el difunto presidente de Venezuela.

Castro ha intentado tanto calmar a los simpatizantes de izquierda de Zelaya como atraer a sectores más moderados de la sociedad. Ha construido una amplia coalición con partidos de centro e incorporado a tecnócratas respetados a su equipo económico, el cual ha recibido el respaldo del sector empresarial de Honduras.

— Anatoly Kurmanaev